Zapatos literarios
Mis zapatos han aprendido a escribir caminos mientras andan. Adjetivos de cuero y tierra, verbos que son como sendas ocultas, tantos adverbios como charcos. Sueñan con ser las sandalias de Marco Polo. Escriben vias, callejones y trochas. Redactan raíles, aeropuertos y fronteras. Tienen el ansia viajera de los exploradores de hace tantos siglos. Su sentido de la orientación es excelente, son infatigables compañeros de viaje. Por las noches, durmiendo al raso sueñan con tus botas elegantes y ligeras. Sus poemas son algo monotonos (tip-tipi-top-cloc-cloc) pero me encantan sus diarios de ruta. No se donde iría que no fuera con mis zapatos literarios, y ellos no trazan otro rumbo que no sea el del felpudo de tu puerta, aunque tan a menudo escojan el camino más largo.
Tengo unos zapatos que debieron de pertenecer a algún personaje de Julio Verne. Son exactamente del número que calza mi alma. Suelen bailar absurdas jigas celtas cuando están algres y mis piernas les siguen sin poder evitarlo.
No me extraña que los zapatos de Dorothy fueran mágicos. Siempre he creído en las botas de siete leguas. Ahora entiendo porque se dice de aquellos soldados que murieron con las botas puestas.
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