Unos instantes antes de tener miedo siempre tengo miedo. Miedo a que el miedo me domine, y ya devorado por el miedo, no vuelva a ser nunca yo mismo.
Tenía miedo de nuestro reencuentro. Al principio fue lo clá¡sico, las incomodas telarañas, tener tantas cosas que decir que parece que es mejor estar callado, ver las fechas de caducidad y comprender que todo pasó hace tanto tiempo...
Después fue la alegría de encontrarme cómodo en tu presencia, de dormir a pierna suelta aunque estuvieras en la habitación vecina. No tuve fiebre, ni sed, ni frío.
Una tarde mientras cantaba una canción trivial me miraste a los ojos, directamente, como si por primera vez te dieras cuenta de que yo era yo y de que estaba allí. Durante un momento sentí vértigo, y ya mi corazón estaba empezando a soñar con peces de colores y una cabra azul tocando el violín. Pero me entró la sensatez y baje los ojos y el miedo se esfumó como una neblina ligera.
Pasados unos días nos despedimos con una ternura breve que me hizo comprender que no me importa que seas feliz sin mí. E incluso que yo podía ser feliz aún estado solo. Esto útlimo me dió miedo, porque aunque pudiera ser feliz en soledad no lo busco ni lo deseo.
A veces tambien me asusta no tener miedo, no sentir pena, celos o rabia. Me da miedo ser un pragmático Buda que es capaz de aceptar cualquier cosa, encontrarle explicación racional a lo incomprensible. Me da miedo no llorar cuando todos están llorando, no sentirme nunca desgraciado como el último hombre de la tierra.
Prefiero sentir la mordedura del miedo que la modorra de la indiferencia