lunes, julio 26, 2004

Desconstruyendome

Desde que no estoy enamorado es como si la puntada invisible que anudaba mis partes se hubiera desprendido. Mis ojos se quedan fijos en las piernas de esa muchacha y me olvido de recogerlos. Mi boca se pierde al discutir de política con los amigos. Mi mano derecha, a parte de no saber que hace la izquierda, se sirve una copa para olvidar sus problemas. Mi mano izquierda se esfuerza en mitigar las quejas de los clientes y acaba empeñándose como muestra de buena voluntad. Mi cuello ha pedido la baja por una contractura. Mi barriga decide tomarse unas vacaciones. Mi entrepierna hace horas extras y gaurdias nocturnas. Mi corazón está en el paro y ha visto ya veinte veces los lunes al sol. Mi cabeza es la única sensata y se pasa los días buscando una salida.

lunes, julio 19, 2004

El corazón del futuro

El corazón del futuro obedecerá a una ecuación matemática no demasiado complicada. Será una efectiva bomba de fluidos vitales con un consumo energético mínimo, unas prestaciones excelentes y facilmente sustituible por otra si llegara el caso. Existirán corazones de diseño, y habrá quien se opere el corazón para tenerlo como este actor o como aquella modelo, con unos ventriculos respingones o unas aurículas con aire acondicionado. Los sentimientos de los corazones futuristas estarán perfectamente estipulados, etiquetados y serán completamente reversibles. Atrás quedarán esas confusas amalgamas de las pasiones primitivas, como cuando uno no sabía si callar a esa chica con un interminable beso o largarse dando un portazo que saltará por los aires las bisagras. En el futuro podrán multarte si llevas el corazón desajustado. No perdonarán que nadie utilice su corazón para enamorar a quien no debe. Habrá competiciones, enamorarse será un deporte olímpico. Hará falta un carné para dejar el corazón al descubierto. Mi corazón ya siente nostalgia de ese futuro prodigioso, donde podré reclamar cuando, como ahora, no funcione como es debido. Y dejar atrás tanta emoción inutil, tanta carga de pasado y ese latir buscando y ese latir lamentando. Latirá mi vida siguiendo una curva perfecta donde todo encaje y la constante universal sea el sol de mis días.

domingo, julio 18, 2004

Belleza abrumadora

Vista: Hay imagenes tan hermosas que pueden dejarte sin respiración Oido: Hay melodías tan hermosas que pueden hacerte llorar Tacto: Hay texturas tan hermosas que pueden hacerte estremecer Olfato: Hay aromas tan hermosos que pueden hacerte recordar Gusto: Hay sabores tan hermosos que pueden hacerte perder la cabeza Intuición: Hay verdades tan hermosas que pueden cambiarte la vida

domingo, julio 11, 2004

La importancia de los melocotones

En cierta ocasión tuve un paciente que por causa de su enfermedad no podía ingerir alimentos sólidos. No daré más detalles cintíficos, no creo que venga al caso. Una tarde me senté a charlar con él, pues le veía muy desanimado. Se trataba de un hombre portugués que pasaba la cincuentena. Había dedicado su vida al estudio de la epistemología. Estaba divorciado y lejos de su hogar. En ocasiones algún amigo suyo hacía el viaje desde Lisboa para verle. El día que le conocí, mientras le explicaba cual era su situación y el tratamiento que pensaba ponerle me cogió la mano entre las suyas y literalemte implorando me pidió que hiciese lo necesario con tal de que viviera el tiempo necesario para que pudiera acabar de escribir su libro. Desde ese día se convirtió en uno de mis pacientes predilectos. En esto me pasa como les sucede a los padres con varios hijos. Quieren a todos con igual intensidad, pero no pueden evitar sentir una especial afinidad por alguno de ellos. La tarde que estaba tan desanimado, me pedía que le dejara comer aunque fuera alguna cosa. Enseguida comprendí que era muy importante para él, así que le pregunté que deseaba comer. -Melocotones. ¿Le gustan los melocotones, doctor? En realidad no me gustan, pero le dije que sí. -Entonces, ¿es posible? Yo asentí en silencio. El me miró con sorpresa y después soltó una carcajada de pura alegría. Podía ver el placer anticipado del dulce jugo que salpica al morder la carne de un melocotón maduro. -Verá doctor -me dijo entonces.-Las cosas más importantes de mi vida me han pasado en España. Mi hijo, fué hecho en España. Mi mujer y yo estamos casi seguros de que día fué. Y esa misma tarde, ella y yo, la habiamos pasado comiendo melocotones. A partir de entonces le dejé comer uno o dos melocotes al día, aunque luego los vomitara, porque comprendí que para él, ese sabor era la felicidad.

lunes, julio 05, 2004

Formas de tener miedo (ya lo dijo Cortazar)

Unos instantes antes de tener miedo siempre tengo miedo. Miedo a que el miedo me domine, y ya devorado por el miedo, no vuelva a ser nunca yo mismo. Tení­a miedo de nuestro reencuentro. Al principio fue lo clá¡sico, las incomodas telarañas, tener tantas cosas que decir que parece que es mejor estar callado, ver las fechas de caducidad y comprender que todo pasó hace tanto tiempo... Después fue la alegrí­a de encontrarme cómodo en tu presencia, de dormir a pierna suelta aunque estuvieras en la habitación vecina. No tuve fiebre, ni sed, ni frí­o. Una tarde mientras cantaba una canción trivial me miraste a los ojos, directamente, como si por primera vez te dieras cuenta de que yo era yo y de que estaba allí­. Durante un momento sentí­ vértigo, y ya mi corazón estaba empezando a soñar con peces de colores y una cabra azul tocando el violí­n. Pero me entró la sensatez y baje los ojos y el miedo se esfumó como una neblina ligera. Pasados unos dí­as nos despedimos con una ternura breve que me hizo comprender que no me importa que seas feliz sin mí­. E incluso que yo podí­a ser feliz aún estado solo. Esto útlimo me dió miedo, porque aunque pudiera ser feliz en soledad no lo busco ni lo deseo. A veces tambien me asusta no tener miedo, no sentir pena, celos o rabia. Me da miedo ser un pragmático Buda que es capaz de aceptar cualquier cosa, encontrarle explicación racional a lo incomprensible. Me da miedo no llorar cuando todos están llorando, no sentirme nunca desgraciado como el último hombre de la tierra. Prefiero sentir la mordedura del miedo que la modorra de la indiferencia